martes, 13 de junio de 2017

El cine que no vimos: Los ganadores

Película: Los ganadores
Año: 2016
Director:Nestor Frenkel
País:Argentina
 
Sinopsis:  El exitismo de la sociedad actual se expresa en un fenómeno cada vez más expansivo: las entregas de premios. Pareciera que ganar un premio ya no es algo tan inusual, porque hay muchas personas e instituciones que disfrutan y negocian con la jerarquía o el fetiche que acompaña a las premiaciones. A partir de una investigación sobre la liturgia de las entregas de premios y de quienes resultan triunfadores, este documental se propone retratar los entretelones, la fabricación y los efectos de esos momentos de emoción que parecen ser únicos pero que en realidad, como revela Los ganadores, son una suerte de producción seriada.
 
 
Ganar o morir
Hector, uno de los protagonistas del filme, uno de los Ganadores
Confieso que en lo que llevo vivido nunca he ganado nada, no tengo ningún estante con trofeos ni reconocimientos que valga la pena colgar sobre la pared, esto me deja en una posición si bien no de fracasado,  si de “perro anónimo” El éxito traduce a la vida, en la medida que nos reflejemos con el visto bueno de un tercero podemos decir “ESTE SOY YO” ya que eso hace la diferencia entre ser un número más en una estadística y un sujeto notable al que se tome como ejemplo. En un sistema exitista donde los objetivos se miden por resonancia social y el capital humano sólo puede valorizarse por medio del renombre que uno genere en determinados campos “Los ganadores” nos ofrece un curioso camino alternativo, aparentemente menos meritorio, pero que se pasa por la raja toda esta lógica por medio de una red de asociaciones. Frenkel nos presenta un mundo que  a modo de secta se arma y desarma en pos de una liturgia, las premiaciones,  las que realmente no tienen valor alguno “Son caricias al alma” explica una mujer que aparece en el docu, sus implicados desconociendo ya sea voluntaria o sinceramente esto exponen orgullosos sus trofeos, se sienten parte de una sociedad especial, ahora no son cualquiera caminando por la calle…en realidad sí lo son, pero tienen un premio bajo el brazo con el que presumirle a su mundo más próximo.


“Los ganadores se propone como un ejemplo de cine antropológico y sociológico, una pintura de una realidad desconocida u olvidada, y un retrato humano a través de la conversación, intentando generar alguna reflexión acerca del éxito y la felicidad” explica Frenkel a la hora de definir su película, el director de “Amateur” (2011) y “Gran simulador” (2013) (germen que inoculo su semilla para la realización de esta película) se interesa por los mundos recónditos, va a premiaciones insólitas como los Galena, los Faro de Oro, los Dorado de Oro, los Lanín, los Faro del Fin del Mundo, los Gaviota de Oro, los Santa Fe de Oro en donde se premia el trabajo de comunicadores que parecen haberse quedado estancados en una época anterior a internet. Gente con programas de radio AM o programas televisivos de bajo alcance para zonas provinciales o rurales que tratan temas tan disimiles y específicos que van desde peluquería, corvinas, tradiciones criollas, rock evangélico, historia de los lunfardos, club de fans de cantantes de los 60’ y así suma y sigue en un océano del que no se entiende realmente dónde está el eje de estas premiaciones, dónde esta la razón y el contexto en que funcionan. La respuesta es banal y maravillosa, no existe, los ganadores son ganadores gracias a los propios ganadores, todo es obra de los mismos, ellos arman sus propias premiaciones y se proclaman a si mismos. Así de esta forma Los ganadores rompen el circulo hegemónico de existismo social, por medio de la cooperación y el mero capricho se auto incentivan a seguir adelante en un acto parecido al de los primates que se buscan las pulgas mutuamente como forma de relajo.



Crueldad o patetica realidad

Galardon de los Garrufa de Oro
Sí los premios son berreta, sí los personajes que acuden a estos premios obedecen a una condición social baja y poco prestigiosa, sí todo lo que rodea estas ceremonias esta rodeado de una atmosfera cutre…el arrobo poético de mi texto anterior queda como un chiste… “Los ganadores” se puede leer como un gran chiste, Frenkel incluso logra denunciar la baja calidad operacional y legitima de estas ceremonias cuando en un momento de la película Héctor uno de los protagonistas acepta – no directamente a la cámara- que todos los invitados a su ceremonia de premios (Los garrufa de oro) se van a llevar sí o sí un premio y ante el descontrol de la pobre organización termina anunciando a micrófono abierto que se rifaran algunos premios para poder sopesar a los que aún no tienen, esto porque básicamente se les agotaron las categorías. La película tiene momentos desopilantes, su climax es sin duda la ceremonia de los premios Garrufa, Frenkel siguen con una cámara no invasiva, pero sí intrusiva los pormenores de una fiesta donde en un momento todo parece irse de las manos, Hector el pompático jefe de ceremonias se devela tras la cámara como un inútil que no entiende el mecanismo de lo que quiere mientras en distintas escenas aparece un sujeto reclamándole su premio. Todos los homenajeados al momento de recibir su galardón lo hacen con orgullo, no se les ve asomo de indiferencia o si quiera de cierta ironía en sus discursos de ganadores que por lo demás tocan temas que decantan en un sinfín de tópicos: Buenos modales, política, feminismo, tradiciones folclóricas, respeto a los derechos humanos, recuerdo de los soldados caídos, llamado de atención sobre la pobreza. Es una ceremonia de casi ocho horas y da para todo, esto mientras los invitados comen sanguchitos caseros, picotean cubitos de queso y aceitunitas y toman gaseosas en coloridos vasos de plástico, a esto hay que agregarle la escena que resume el patetismo de todo este esfuerzo, mientras Héctor y sus mujeres trabajan ordenando el salón en donde se realizara el asunto, en el segundo piso del salón – que se descubre como un gimnasio – un profesor enseñaba ruidosamente sus lecciones de karate a sus pequeños alumnos. Este momento me pareció decidor para entender el filme que hasta ese momento me parecía un mórbido ejercicio de presentar personajes freak con obsesiones malsanas por los logros sociales. Ese momento en que se encuadra la intimidad de una premiación artesanal que contrasta con el glamour hiperrealista de ceremonias como los Oscar, eleva el pathos en toda la expresión, el ruido chirriante de las mesas y las sillas arrastrándose por el piso, mientras Héctor y su equipo (que consiste en su mujer, su compañera locutora del programa de radio y posiblemente el marido de esta, nunca lo aclaran) ordenan todo, exhibe la herida y resulta imposible no mirar con cariño a estos personajes que realmente entienden el ridículo que están haciendo, pero lo hacen porque su esfuerzo busca algo que va más allá de armar un lucrativo negocio (que por cierto hacen) sino que también está presenta el desafío de mantener vivo algo que parece casi muerto, la dignidad de la pasión. Discutible es si acaso resulta tan necesario armar todo ese aparataje mal planificado, pero es indudable que en un mundo hiperconectado donde todo es cuestionado y el exitismo empieza a trasladar su lógica al mundo virtual mediante likes y vistas a nuestra última foto, es entendible que una generación que no consigue llevar ese ritmo quiera vivificar su pasión mediante una premiación aunque sepan que en el fondo es falsa.

Un simposio de perdedores

Resulta irónico como Frenkel pone en tela de juicio a este grupo de personas cuando las imágenes terminan haciéndolos más reales que al ganador de un premio nobel, sin embargo en su mirada sociológica y observacional el documental plasma una realidad donde los ganadores finalmente terminan siendo perdedores no asumidos, es discutible la posición en que el filme deja al espectador ya que dependiendo de nuestro grado de condescendencia o malicia terminaremos definiendo a estos personajes como “chantas”; “locos” o simplemente “soñadores” El espectador cierra el sentido del filme de acuerdo a lo que crea es más conveniente, Frenkel hace un gran trabajo de no direccionar necesariamente la opinión del filme siendo capaz de entregar un largo plano fijo de un monigote que se para frente a la cámara sin saber qué diablos pasa (nosotros tampoco, pero se intuye la jugarreta del director) y sentir lastima y empatía por él, a después pasar a no tomarlo en serio cuando relata sus hazañas de prestigio, cada cual más insólita y risible que la anterior. Es el espectador el que termina de definir estos personajes, Frenkel consigue inmiscuirse como un mosquito en la vida de estas personas.


Un tiempo estuve trabajando en un restaurante y ahí conocí a un tipo que le decían Dibu que se encargaba básicamente de la limpieza, a Dibu todos los cocineros lo molestaban, evidentemente le faltaban “ciertos gramos pal kilo” no bastando con eso le faltaba casi toda su dentadura y tenía el rostro mancillado con marcas de acné. No había día que no lo molestaran, a veces llegando a un bulling que era prácticamente acoso laboral, pero Dibu era feliz porque casi todos los meses la gerencia lo elegía como empleado del mes, el tipo le ponía empeño a sus actividades y a pesar de que soportaba las burlas como un campeón no dejaba de ser feliz. Más allá de que mi historia pueda ser horrible porque estoy dejando bajo el tapete una terrible acusación de maltrato, ese reconocimiento falso y espectral para Dibu (porque ni siquiera es que le pagarán más plata) era lo suficiente para mantener la fe en si mismo y en el resto. Quizás cualquier otro hubiese tomada otras medidas para evitar tanta mala leche, cambiarse de trabajo o acusar los malos tratos, pero Dibu se conformaba como un premio y eso le pasa a los protagonistas de este filme, asisten a un simposio de perdedores, pero son felices dentro de ese marco y afuera el mundo se sigue riendo de ellos. No entendí, ¿es un final triste o un final feliz?


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