viernes, 31 de diciembre de 2021

100 Discos para mis treinta: #14 David Bowie - Blackstar (2016)

Una carrera prolífica, abundante en éxitos y referencia de casi todo el pop rock actual, David Bowie firmo su último disco como una despedida consciente de su final terrenal. Es por ello que Blackstar me parece un trabajo que más allá de lo excelente que es en cuanto a su calidad musical, transmite un aura única ya que se percibe que todo fue elegido minuciosamente para ser apreciado como un ejercicio casi póstumo, un hecho artístico que, tomando en cuenta la exuberante carrera de Bowie, resulta de una elegancia sublime que no hace más que ensanchar su legado. Un gran canto de Cisne que no deja de entumecerme la piel cada vez que reproduzco.

Orquestando su propio réquiem


“Blackstar”
es un disco denso, inquietante y oscuro, pero que no pierde el magnetismo pop que Bowie mantuvo a lo largo de su carrera, incluso en proyectos no tan masivos como su disco noventero “The Buddha of suburbia” siempre consiguió marcar presencia y referencia para nuevas generaciones. Su muerte fue sorpresiva para el mundo, especialmente porque cuando se lanzó “Blackstar” con sus dos videoclips promocionales en los que él aparecía, todxs lo tomamos como un gesto de regreso, no de despedida. Pero así fue y el 12 de Enero del 2016 David Bowie dejo de existir. En mi vida he presenciado la muerte de muchxs ídolos musicales de la cultura pop, obviamente algunas generan mayor impacto y respuesta en la sociedad.  En ese sentido la de Bowie fue casi como un funeral a un héroe de la antigua Grecia, días, semanas que los homenajes no pararon. La mayoría realmente pudimos dimensionar de mejor forma la influencia que David Bowie impacto de formas que incluso van más allá de la música.

Podría decirse incluso que la muerte de Bowie lo popularizo mucho más, al punto que muchos trabajos Under de su carrera, ahora son mucho más apreciados a un nivel masivo. En ese sentido “Blackstar”, un disco con un entorno de acid jazz y muchos momentos de inquietante sicodelia, sea tan abalado a un nivel casi mainstream, habla del arrastre que Bowie aún podía sostener con su incombustible figura. Según cuenta un documental de la BBC, Bowie se enteró tres meses antes de estrenar el disco que el cáncer que padecía era terminal, incluso cuando se grabo el videoclip de “Lazarus” ya le habían informado que pronto le dejarían de suministrar el tratamiento. No quiero decir que Bowie estaba totalmente consciente de su muerte al momento de producir y grabar este disco, pero todo indica que al menos sabía que no volvería a grabar nada más. “BLACKSTAR” es contundente, aunque resulta imposible imaginarlo desligado de la muerte de su cantante, si intentamos hacer ese esfuerzo, se siente de todas formas como un réquiem.

Aunque ya venía de un gran trabajo como lo fue “The Next Day” en el que la nostalgia parecía inundar cada eco, acá el último David Bowie parece reconocer su destino y eleva una obra sombría, que pese a no caer en el pop de otros tiempos, igual su sensibilidad llega a conectar a un nivel más de sensaciones. Es un trabajo duro que retrotrae los sonidos de un jazz noir, de esos que parecen musicalizar las esquinas más sórdidas de las grandes ciudades. Los últimos años de Bowie fueron en Nueva York, vio el crepúsculo en la gran manzana, lugar donde el jazz siempre ha marcado los ritmos y las convulsiones, las mismas que se sintieron en el 55 Bar, un club de jazz que el músico frecuentaba y donde conoció a Donny McCaslin quien junto a su banda le dan ese toque urbano-decadente a “BlackStar”. Ciertamente este último Bowie que se escucha no tiene nada que ver con el aún entusiasta que apareció en el “The Next Day” y el ambiente por supuesto tampoco.

“Blackstar” apareció luego de un hiatos, de manera casi súbita, con videos musicales y todo incluido, la crítica lo aplaudió, aunque tuvo cierta apatía de parte de un público masivo, dos días después su muerte aconteció, sus éxitos florecieron, “Blackstar” se entendió entonces, se revalorizó como la carta de despedida que siempre fue. Personalmente escuche el disco mucho después de la muerte del artista, me impacto de inmediato, la sensación de descenso que transmite es directa, alucinante y dramática. Bowie sigue siendo Bowie, y su estilo se manifiesta con total soltura, pese a que elementos de aquí o allá consigan otros aires, como ciertas guitarras a lo King Crimson, jazz de corte a lo Ornete Coleman, alusiones a su propia trilogía Berlinesa, todo eso está, pero transmutado como algo novedoso, ya que el sello de Bowie estampa todo con una solvente elegancia. De esta manera el disco se abigarra de ambiente bohemio, seductor, pero también peligroso, de un punk de tonos góticos y alucinógenos. Es un trabajo que entusiasma en cuanto a su sonido, se entierra como un puñal en tu pecho, se siente el dolor que transmite, se siente el miedo y en cierto grado la resignación. Es una despedida con todas sus letras, hay otros artistas que han hecho este tipo de trabajos, pero este disco, aunque a simple escucha pueda parecer caótico y azaroso, con la debida atención te puede guiar por esos recovecos oscuros de la mente que se enfrenta a la fatalidad, en este caso, es muy literal.

La estrella negra


El final comienza con el tema que le da nombre al disco, de nueve y pico de minutos, “Blackstar” es la segunda canción más larga en la carrera del duque blanco, y además fue lanzada, casi como un pequeño capricho, como single promocional del disco. Viéndolo fuera de la perspectiva que era el último tiempo en vida del artista, se sentía como algo un poco rupturista con el mercado de la música, un single que no dura lo que dura un single, pero finalmente se entiende que sin tener la referencia sonora de la canción, el disco no podía interpretarse mejor. “Blackstar” inmediatamente nos pone en el contexto de darle cara a la muerte. En algún punto, la canción persigue ribetes sonoros tan interesantes y variados, que su concepto nunca deja de perder interés. De una agria y densa sensación de Darkwave que se sumerge en momentos más psicodélicos que recuerdan a su etapa del Station to Station, pasajes de jazz improvisado y una lúgubre marcha final, sumado a las atmosferas casi surrealistas que la guitarra y el sintetizador otorgan. “Blackstar” es por lejos uno de los temas más envolventes y tétricos dentro de la carrera de este hombre.



“´Tis is a Pity She was a whore” nos inunda de jazz en donde el saxofón de McCaslin tiene grandes momentos de ataque, tornándose en una canción frenética, explosiva, con ese aire enigmático que Bowie consiguió transmitir en “Ashes to ashes” – algo de lo que mucho tiene que ver en eso su legendario productor Tony Viscontin – y que a poco avanza a momentos mucho más experimentales que empujan las capacidades vocales de Bowie, una proeza y a la vez locura. “Lazarus” nos devuelve un ambiente más onírico, el espíritu del jazz se acerca más al saxo de David Jackson, mientras que esa letra es imposible no asociarla a una suerte de resignación ante la finitud. Para una estrella como Bowie, se puede interpretar, un poco, como abrazar el miedo que le inunda el saber qué será de su legado una vez que ya no este, dando así un discurso póstumo hacía el mundo artístico, “Lazarus” pone los pelos de punta, un ambiente totalmente profundo y tétrico, pero irresistiblemente atractivo, de algún modo puede recordar a Radiohead, pero vagamente, la canción se siente totalmente conectada con toda la obra del ex Major Tom.



“Sue (Or in a Season of Crime)” devuelve una atmosfera punk que se va trastocando por arremetidas de jazz al más puro estilo John Zorn con pequeños detalles de Krautrok para darle el cierre con un momento de vibra electro trance, totalmente nocturno, delirante y furioso a su manera.  “Girl Loves Me” mantiene ecos más ceremoniales, aunque tal vez para una ceremonia oscura, acá se nota la influencia que Bowie tomo en ese ambiente de sonido de jazz ecléctico que Kendrick Lamar vertió en su maravillosa “To Pimp A Butterfly” (disco del que también hable) ya que el flow que va armando mantiene una esencia o un color similar al disco del rapero estadounidense. La relación, igualmente, no es tan colgada ya que Bowie en sus últimas entrevistas siempre hablo con mucho interés en la carrera del rapero, revelando que el Ingles nunca dejaba de buscar nuevas ideas para su visión musical.



En “Dollar Days” se respira un aire melancólico, funerario, desfragmentado. Un sosiego intimista tanto en su letra como en el sobrecogedor jazz que convierte una tonada de rock suave, en una magistral pieza de jazz. “I´can´t Give Everthing Away” cierra de manera humilde, dejando de lado un poco las arremetidas jazzeras (pese al genial saxofón que cierra con elegancia y maestría), en cambio nos devuelve por unos minutos (y por última vez) al Bowie de sonidos más acomedidos, esta vez, cubierto de un aire new wave, se despide mientras se escuchan unos sintetizadores y una batería programada que crean una sensación que se encuentra cantando dentro de un cohete, vagando por el espacio. La muerte fue un simulacro, el duque blanco está en el espacio y es una estrella negra. -

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