miércoles, 19 de mayo de 2021

Destinos Cruzados. Una teleserie chilena que pudo, pudo y no pudo



Entre 2004 y 2005 las telenovelas vespertinas Chilenas empezaban poco a poco a flaquear en cuanto a su popularidad televisiva. Destinos Cruzados (DC) fue la última de esa tanda que recuerdo haber visto durante las tardes mientras tomaba once junto a mi hermana. El año pasado a causa de la cuarentena se produjo un curioso fenómeno de redescubrimiento por medio de youtube de muchas teleseries icónicas y otras no tanto para la cultura popular chilena (muchas de ellas ya estaban subidas al canal de TVN años antes de la cuarentena) y en el caso particular de DC me enganche viéndola junto a mi novia, no fue necesariamente un sentimiento de nostalgia lo que me llevo a volver a seguir esta historia llena de intrigas y romances tórridos, sino más bien, el hecho de poder contemplarla con una mirada un poco más analítica, gracias a eso pude llegar a un par de conclusiones que me parecen atinado compartirlas por aquí.


Las ficciones que crean realidad


Una teleserie (o telenovela) es un genero televisivo que proviene directamente de las llamadas SOAP OPERA Estadounidenses de los años 40’, las cuales a su vez son herencia directa de los melodramas desarrollados en los Radio Teatros, especialmente los cubanos. Una vez instalada la revolución en la isla, muchxs dramaturgxs emigraron a Estados Unidos y continuaron con la tradición hasta conseguir instalar esta fórmula en el formato televisivo, aunque con algunas diferencias de estilo en relación a las producciones que se replegarían luego por Latinoamérica, ya que para los yankees las teleseries consistían en historias mucho más serializadas que podían durar años en transmisión, de alguna manera esa idea se acerca más al formato de temporadas que conocemos hoy en día, sólo que las tramas siempre rondaban (obligatoriamente) sobre una pareja heterosexual y las complicaciones en su relación. Debido a este enfoque tan de novela rosa, siempre se pensó que el publico predominante para este tipo de ficciones eran las mujeres, especialmente las amas de casa, de hecho, el nombre popular de SOAP OPERA es porque mientras estas producciones se transmitían, entre medio se publicitaban productos de limpieza para el hogar. Esto nos habla de lo que ya han dicho algunxs teóricos Queer, que el género genera géneros, o menos enredado: Se condicionan las estructuras sociales de un determinado rol de género, afortunadamente, las teleseries han ido de algún modo evolucionando y aunque el romance sigue siendo el motor básico para el desarrollo de sus historias, las teleseries también se convirtieron poco a poco en un referente cultural e idiosincrático del país que provienen.

Si algo hemos aprendido estos años en relación a cómo los consumos culturales van estructurando ciertas subjetividades en el imaginario social, es que un producto televisivo por razones a veces insólitas puede manifestarse en una sólida muestra de identidad cultural. Chile es un país pequeño con una idiosincrasia tan bastardeada que a veces cuesta olvidar ciertas raíces. Luego de un periodo de sequía cultural y crisis económica-social durante la dictadura, los años noventa pretendieron servir como una transición hacía  un nuevo cambio de conciencia, pero el plan no fue del todo bien, realmente en materia de cultura Chile estaba muy atrasado y una década no fue suficiente para que la juventud pudiese cimentar adecuadamente una identidad representativa, existían demasiadas divisiones y heridas por cerrar que lamentablemente a la luz de los hechos ocurridos en Octubre de 2019, podemos decir que aún siguen presentes. En lo personal responsabilizó de todo eso a la elite económica y política del país, quienes luego de la dictadura siguieron manteniendo encadenada a la sociedad a un cumulo de costumbres medievales.

La once chilena. Un momento de Reunión familiar frente al televisor 

Pero no todo es blanco o negro, y si bien la televisión durante los noventa pasó por una época algo experimental en la que aparecieron las estaciones privadas y con ello la vorágine de programas que buscaban encajar con la sociedad de consumo neoliberal con programas que incluso por fin se permitieron parodiar la realidad chilena (además el tema de la censura por parte de los milicos ya no era un problema, aunque sí continuaba la censura de la iglesia) fueron las teleseries de horario vespertino (20:00 horas) las que poco a poco intentaron retratar el paisaje que vislumbraba la realidad CHILENA de aquellos años. ¿Consiguieron hacerlo? Un poco, especialmente el director Vicente Sabatini quien produjo una fuerte influencia dentro del genero brindándole a la cultura popular del país momentos que quedaron grabados en el imaginario colectivo gracias a producciones tan recordadas como La Fiera, Oro Verde, Romané, Trampas y Caretas, en definitiva, producciones que no brillaban solo por su historia, sino muchas veces, más por sus personajes y cómo estos alimentaban la cultura popular.

ALGUNAS TELENOVELAS CHILENAS EXITOSAS

Sabatini en algún punto de su carrera durante los noventa entendió esta idea de querer retratar un país en sus aspectos más idiosincráticos y es por ellos que la mayoría de las historias que recordamos de esa época tienen como protagonistas a personajes característicos de la clase popular o cuanto menos que explotan con más significado dentro de un contexto nacional. Eso no es todo merito del director, sino en gran medida de sus elencos que cada vez iban ganando mayor fiato y experiencia, hasta el punto de parecer más una compañía teatral que un elenco de telenovela. Ya para la primera parte de los años 2000  la sociedad Chilena por fin había logrado dar un paso revelador - un pequeño paso - en relación a la cultura, la cual había sido tan gobernada por la (doble) moral y la obediencia (institucional). Por supuesto la juventud de la época fue la primera en dar el golpe al timón y con ella la influencia de un mundo globalizado cada vez más acelerado empezó a hacerse sentir de formas diversas.

¿El fenómeno entra en decadencia?

Vicente Sabatini, el rey Midas de la teleserie CHILENAS noventeras

Los primeros años del nuevo milenio, las teleseries chilenas vivieron una época de oro que consiguió brillar esplendorosamente gracias al trabajo sostenido de producciones anteriores que fueron cimentando no sólo los hábitos televisivos de gran parte de la sociedad, sino también estableciendo patrones culturales, sobre todo en las infancias y juventudes. Las producciones dramáticas cobraban cada vez más importancia en la pantalla chica, los presupuestos cada vez eran más holgados y las áreas dramáticas de los respectivos canales más importantes del país estaban ampliándose, consiguiendo por unos pocos años llegar a convertirse en una semi industria con sus star talent y todo.

Si bien Vicente Sabatini en estos primeros años de los dos mil siguió cosechando teleseries exitosas, en la estación del canal público quien lo secundaba era María Eugenia Rencorret, directora y productora ejecutiva, que desde 1993 se venía haciendo cargo de las teleseries vespertinas del canal durante el segundo semestre, es decir desde Agosto a Diciembre. Si bien nunca se menciono una competencia de estilos entre Rencoret y Sabatini, en parte porque TVN competía contra Canal 13 para obtener el podio en la llamada “guerra de las teleseries”, era evidente que la directora no tenía el menor interés en que su trabajo fuese comparado con el de su colega (de quien fue su asistente de dirección durante algún tiempo) por lo que si bien las teleseries del primer semestre de TVN solían tocar temáticas que tuviesen que ver en algún grado con la cultura chilena, Rencoret estaba más interesada en mantener la esencia histórica del genero, es decir, volvía un poco a la idea primigenia de las SOAP OPERA, el escapismo por medio de historias románticas melodramáticas. Por más que dotase de referencias criollas a sus producciones, siempre había un matiz que hacía parecer a sus ficciones como algo mucho más…desconectado de la realidad chilena.

María Eugenia Rencoret


Rencoret le daba mucho mayor énfasis a las historias melodramáticas, enfrentamientos de clases sociales mucho más caricaturizadas y edulcoradas incluso que las que proponía Sabatini, o sino puntualmente historias que se desarrollaban en pueblos ficticios. Si bien sus producciones conseguían resaltar en algún punto, casi siempre eran opacadas por la calidad de las ficciones del primer semestre a cargo de su colega. Eso hasta que llegó el año 2001 y apareció “Amores de Mercado” una teleserie que consiguió llevarse el titulo hasta el día de hoy de ser la que obtuvo mayor rating en su capitulo final. ¿El secreto? La verdad nunca me quedo muy claro, pero aparentemente la teleserie rebozaba en picardía, al menos para lo que estaba acostumbrada la televisión chilena de aquellos años.

Rencoret siguió con esta formula de mezclar costumbrismo, picardía y melodrama en las sucesivas teleseries de los siguientes años, perfeccionando mucho su ojo y afianzando un elenco que cada vez le hacía más peso al de Sabatini, no obstante, su cúspide en cuanto a este método de trabajo llego con Destinos Cruzados, la cual si bien fue una telenovela que le ganó a su competencia del otro canal, no arrasó como se esperaba y por ende no es muy recordada, ni mucho menos entra en esa sagrada lista de “teleseries que aportaron a nuestra cultura”. En DC se llegó a un cenit en cuanto al método de trabajo de la directora que luego poco a poco se convertiría en repetición y aburrimiento, en parte, porque ella después descansaría mucho sobre esa fórmula y además porque luego se encargaría del área de teleseries nocturnas (que empezaría su propia época de oro) dejando las vespertinas muy de lado, el hecho es que ya para el finales de los 2000, las teleseries del horario de las 20 habían perdido bastante ese color representativo en el marco de la sociedad chilena del siglo XXI, cada vez era más obvia su decadencia o cuanto menos su desconexión con los intereses del público que ya también habían abandonado esa costumbre de cenar y ver la teleserie.

Destinos Cruzados: Una historia con ecos de tragedia griega



Para el año 2005 el genero de teleseries en Chile había cambiado mucho y ya no era algo destinado únicamente a mujeres heterosexuales, amas de casa, mamás. Me atrevería a decir que es a finales de los noventa cuando las telenovelas ganan un espacio semi estelar en la televisión chilena, fue ahí cuando los productos se empezaron a entender y consumir como  de entretención familiar (aunque siempre con un rotulo de responsabilidad individual, es decir, si habían escenas de mucha violencia o sexo y la veían niñxs era responsabilidad de quienes supervisaban a esxs niñxs) Entonces las familias (generalmente de clase media) solían cenar (o mejor dicho tomaban once) viendo teleseries, después venían las noticias y la rutina de la vida mantenía su pulso. Esta teleserie recuerdo  fue la última que vi de manera constante y en mi caso lo hice junto a mi hermana, siendo creo, la única que vimos juntxs, no recuerdo bien la razón de por qué nuestros padres no nos acompañaron a verla, pero ese no es el caso.

La historia involucra muchos personajes y muchas situaciones, pero básicamente nos muestra el regreso a Chile de Laura Squella, una mujer de clase alta que vuelve al país luego de 10 años viviendo en Londres. En su juventud dio a un hijo en adopción influenciada por la macabra decisión de su abuela Ester. Este hijo fue producto de un abuso sexual  por parte de su hermanastro Mateo. Los problemas se desencadenan cuando ella se enamora de un mecánico llamado Daniel Riquelme, hombre que adoptó a su pequeño hijo junto a Cecilia Zamudio, una abnegadísima esposa. Por su puesto tanto Daniel como Laura ignoran todo esto, además ella no sabe si este niño es hijo de Gaspar su ex novio y hermanastro o de Mateo. La historia naturalmente tiene un componente de constante tragedia griega, además de ser bastante oscura en su temática, oscuridad que es amenizada con la participación (a veces innecesaria) de uno que otro personaje ocurrente o chistoso que creo yo fue una exigencia de la gerencia del canal ya que la trama era demasiado turbia.

Por cierta esta sería la primera teleserie que contaría con un guion de Pablo Illanes para el canal estatal, quien pocos años después se convertiría en una especie de enfant terrible en el mundo del guion, desplegando un potencial exitoso en cuanto a teleseries con temáticas que cada vez intentarían abordar aspectos humanos más sórdidos y que tendrían mejor aceptación en el formato de teleserie nocturna, tanto Rencoret como Illanes trabajarían en varias de ellas dando pie a una nueva era de oro para las producciones de este estilo e incluso actualmente, año 2021, una teleserie nocturna llamada DEMENTE, lleva la dirección de Rencoret y el guion de Illanes.

Aline Kuppenheim vuelve a las teleseries Chilenas en el rol de Laura, la actriz se había alejado de las pantallas durante cinco años y aunque ella confirmo en entrevistas posteriores que éste fue el papel que menos le gusto hacer en su carrera, consigue entregar una interpretación bastante ad hock a lo que se esperaría de un personaje así: triste, constantemente perdida y con una expresión de cansancio difícil de borrar. Al personaje no se le permitió tener momentos más luminosos, en cada capítulo ella debía ser la misma encarnación del drama intenso. Interesante también es el rol de Álvaro Rudolphy como Daniel, un eterno galán que ya para ese entonces venía experimentando distintos papeles y este, pese a que no suele ser muy destacado cuando se piensa en su trayectoria, igualmente es un personaje complejo, lleno de contradicciones, pasando de galán a villano y viceversa en muchos momentos de la trama. En ese sentido Rudolphy encarna un personaje divergente, que en los primeros capítulos parece un típico galán romántico y de moral sin matices, pero que poco a poco va mostrando sombras que lo van haciendo mucho más humano y realista, quizás el gran fallo aquí fue el phisyc du rol, ya que Daniel es un hombre de clase baja y bueno, el actor esta lejos de representar a simple vista ese estereotipo. Aquello naturalmente no deja de ser chocante y el hecho de que la interpretación carece de gestos o marcas que asocien al personaje al estrato social correspondiente, es algo que a la larga hace que la teleserie se desenfoque. El problema del physyc du rol no está presente en el resto de los personajes que representan al sector social más desposeído, aunque en el caso de algunos de esos personajes el problema está en su pobre profundidad narrativa, tornados como meros alivios cómicos, con historias ridículas que pretenden ser picaras, como la de Malucha Pinto quien no se salió de una caricatura grotesca.

Romance destinado al fracaso



Laura y Daniel comienzan un amorío intenso, en el cual la mayor perjudicada es Cecilia cuyo rol lo encarnó Paola Volpato, otra actriz que por esos años empezaba a despegar poco a poco en roles protagónicos. En este caso su papel no deja de ser el de una víctima, una mujer que al darse cuenta del engaño cae en una desesperación brutal. Grandilocuentes son las escenas en las que ella descubre la traición de su marido y mucho más potente son los momentos en que ésta los confronta. Volpato toma un rol que pudo haber sido bastante aburrido de retratar, y ciertamente la historia no le da muchos momentos para que brille, pero su forma de transmitir impotencia, rabia, desazón, ira y tristeza, son sublimes y a diferencia de Rudolphy, el physic du rol la acompaña mucho más para el papel.

Finalmente, para cerrar este cuarteto de protagónicos tenemos a Luciano Cruz-Coke en el rol de Mateo, uno de los principales antagonistas.  Podríamos decir con respecto a Mateo que tanto el guion como el propio actor refinan el papel antagónico por el que muchxs le recuerdan, el de Ignacio Vargas en Amores de Mercado. No hay mucha diferencia, se trata de un cuico, prepotente, soberbio y profundamente interesado en conseguir sus objetivos (incluso la caracterización física es prácticamente la misma) Mateo al verse acorralado comienza a perder el control, al igual que Ignacio Vargas. Mateo en DC es en la base, el mismo sujeto que Ignacio de Amores de Mercado, pero esta vez Cruz-Coke le brinda al personaje algo más de color que en algún punto hasta te hace reír con sus ocurrencias, no llega a ser un antagónico inolvidable, pero sí un tipo mucho más humano incluso cuando se desequilibra y en definitiva un personaje muy interesante en su actuar.

Estos son los principales protagonistas de la teleserie, al menos en su historia principal que hace referencia a la búsqueda de un niño que representa para Laura su reconciliación con el pasado así como su sacrificio frente al amor, encarnado en el romance clandestino que sostiene con Daniel, el cual desde un comienzo sabemos como espectadores que esta destinado al fracaso. Realmente el fuerte de esta teleserie está en sus primeros 30 – 40 capítulos, donde se va tejiendo con especial intriga esta red de mentiras e infidelidades que va destruyendo el sueño de una familia humilde quienes ya antes de arrancar la historia evidencias problemas en su relación por la falta de intimidad que tienen. La pareja de Cecilia y Daniel viven en la casa de los Padres de éste, algo que hasta hoy sigue siendo común para muchas familias y que refleja una problemática que no llega a tener ecos de denuncia social dentro de la historia, pero sí consigue retratarse de forma sucinta y adecuada que por supuesto, nunca se llega a resolver.

Pese a que la producción se atreve en algún punto a confrontar la moralina presente en la sociedad Chilena sobre el matrimonio, exponiendo la toxicidad de la idea del amor eterno y ese tipo de cosas (naturalmente todo este análisis tan genial, se da en momentos específicos y se desinfla por completo en el último tramo con un final predecible y maniqueo) no tiene el mismo tino al abordar la temática del trabajo sexual. Verán, quizás el gran gancho por el que esta novela es recordada, es simplemente por la historia de Franco Scafino, encarnado en un joven Benjamín Vicuña quien estelarizaría como una especie de co-protagonico, una historia alterna a la de la trama principal (bastante alterna la verdad, casi como si fuese otra teleserie) la cual escandalizó bastante a la opinión pública en su momento.

El GIGOLO


Bajo ese termino tan ornamentado es que DC quiso tocar el tema de la prostitución masculina. Fuera del shock inicial que esto puede sugerir, mucho no se desarrollo al respecto. El personaje de Vicuña se involucra con Ester, la abuela de Laura, en principio como una jugarreta vengativa de Carloto Squella, ex yerno de la mujer, para desprestigiarla, pero realmente Franco pese a mantenerse bajo las ordenes de Carloto (memorable personaje de Mauricio Pesutic, muy acostumbrado a otorgarle un carisma distintivo a sus papeles) poco a poco empieza a sentir un cariño especial por Ester, adoptándola como una especie de madre. Ester pese a ser la verdadera villana de la historia, los únicos momentos en que muestra un lado comprensivo es junto a Franco. Esta dinámica es bastante retorcida, pero entrañable y si bien las escenas de sexo fueron completamente omitidas (incluso las escenas de besos entre ambxs fueron luego cortadas porque escandalizaron mucho a una sociedad pacata y gerontofobica) se entiende que también hay una idea de deseo y posesión por parte de esta.

Lamentablemente esta historia tan jugosa que podía permitirse entregarnos una visión más elaborada sobre la prostitución varonil, se ve ampliamente atropellada por una aburrida historia de amor entre Vicuña y Fernanda Urrejola, quien debuta en las teleseries vespertinas luego de su rol como Matilde en la teleserie juvenil 16, lamentablemente Urrejola no da el ancho para interpretar a una cuica buena para los estupefacientes, convirtiéndose rápidamente en un personaje odioso que no aporta mucho a la trama y cuya química con Vicuña, aunque real (después de todo durante ese tiempo fueron pareja) no logra ser algo muy llamativo. El trato al trabajo sexual finalmente termina convirtiéndose en algo casi anecdótico, con un trasfondo casi obvio en el que el personaje de Vicuña y sus decisiones de vida estuvieron motivadas por un pasado trágico que luego se hace presente en la historia, pero no sirve para nada más que para generar forzosas conclusiones, pese a que en algún momento el propio personaje intenta reivindicar su trabajo.  

En el caso de esta historia, DC pudo haber realizado algo mucho más arriesgado y que le hubiese hecho ganar un podio más que merecido en el olimpo de las teleseries chilenas, pero la historia aunque tormentosa a ratos, rápidamente se deshace en una moralina tan del buen pensar que termina convirtiéndose hasta en una parodia de si misma y el propio Benjamín Vicuña parece consciente de esto ya que en el último tramo de la teleserie el personaje pierde todo carácter distintivo. Lastima, pues había gasolina suficiente para generar una combustión mucho más explosiva de la que termino siendo.

Lo lamentable de Destinos Cruzados


A pesar de que la teleserie trabaja sobre la sensualidad de Vicuña con muchas escenas de él en ropa interior, realmente no son gratuitas y no se concentran únicamente en mostrar por mostrar, esto no ocurre con las escenas presentes en el Barbarella, un night club, otro escenario que busca ser una especie de alivio cómico y exposición gratuita de cuerpos femeninos. Muy pocas escenas relevantes pasan en este escenario y las coreografías de las actrices y modelos, no tienen mucho hilo que darle con respecto a alguna de las tramas principales, es más, a medida que avanza la historia la persistencia de este lugar como un foco importante para el desarrollo es completamente nulo, quedando cada vez más en evidencia como lo que es, un puro relleno o cuanto menos escenario de transición para otras escenas.

El Barbarella además contiene algunas historias muy secundarias, olvidables y predecibles. Pero la cosa aquí es que TVN no tuvo problema en glorificar el trabajo de las stripper y darle un lugar mucho más decente y menos estigmatizado como si lo hicieron en “Amores de Mercado” con el personaje de Sigrid Alegría. La teleserie en este caso deja ver que el trabajo de stripper en un club como el Barbarella es importante y respetado, pese al juicio moral de la sociedad. No obstante, el mundo del Barbarella a pesar de estar lleno de personajes, mucho no se explota y siempre queda en una superficie que solamente sirve para escenas chabacanas de mujeres mostrando carne.

La doble moralidad de la teleserie se expone tanto en el guion, en los personajes y en las mismas decisiones editoriales de esta, convirtiéndose en una obra que tira y afloja, que por momentos parece muy arriesgada e incluso un poco transgresora, pero que por otros mantiene esa esencia casi noventera y apagada de producciones mucho más convencionales. La historia principal es en general  fuerte y adictiva, especialmente gracias a  las buenas interpretaciones del elenco, sobre todo de sus actores y actrices más veteranas, que despliegan verdaderos aciertos, siendo en este caso el elenco juvenil el que sale peor parado en cuanto a balances finales. Quizás la teleserie dio lo que pudo según sus circunstancias y contextos de producción, pero es evidente que era un diamante en bruto que pudo ser aún más pulido y que si bien intento retratar aspectos de la sociedad chilena que hacen cada vez más eco como las apariencias y las diferencias sociales, pudo (y tenía el potencial) de hacerlo mucho mejor, perdiéndose en muchas escenas ridículas y personajes caricaturescos que no causaban ni risa ni aportaban a la trama de una forma mucho más elaborada, se nota esa tibieza propia de las producciones de Rencoret en donde se amaga para provocar, pero que finalmente siempre respeta el status quo de lo socialmente aceptado, prevaleciendo lo politicamente correcto.-


No hay comentarios:

Publicar un comentario